LA RANA

En Luzaga, las noches de verano son ricas en sonidos. Las notas características que emiten grillos, mochuelos o un lejano rebaño pueden acudir a nuestros oídos si prestamos un poco de atención. Así mismo, desde que la tarde empieza a decaer, es fácil escuchar el canto de las ranas, si paseamos por los alrededores del Puente Grande o damos una vuelta por el Zabay, o notar los chapoteos, si nos acercamos demasiado a ellas. El monótono croar de los machos es el reclamo que usan estos para llamar la atención de las hembras, así como una manera de marcar su territorio, el mismo del año anterior, y de alejar a posibles competidores.
La rana común (Rana perezi) es un anfibio, esto es, puede vivir tanto bajo el agua como en la superficie, que llega a alcanzar como talla máxima los 15 centímetros. Es de color verde, con unas manchas obscuras poblando su piel, que es lisa o con ligeras rugosidades, siempre húmeda gracias a las glándulas que segregan substancias viscosas destinadas a impedir la desecación y permitir la respiración cutánea. Tiene un aspecto robusto y rechoncho, sin cuello y con un hocico puntiagudo, además, por supuesto, de sus famosos ojos saltones. Sus patas traseras están perfectamente adaptadas para la propulsión, son largas y fuertes y poseen cinco dedos unidos por membranas interdigitales, mientras que las delanteras están preparadas para la amortiguación, siendo más cortas y arqueadas, y con cuatro dedos. Las de los machos son más fuertes y desarrollan en el celo un primer dedo para fijarse mejor a la hembra durante el abrazo sexual, que suele ocurrir entre abril y mayo. Éste dura horas, incluso días, y en este periodo la hembra va soltando huevos al tiempo que el macho suelta el esperma, produciéndose la fecundación en el agua. La puesta puede alcanzar la cifra de 10.000 huevos, de un milímetro de diámetro, que quedan adheridos a la vegetación acuática.
El renacuajo comienza a formarse en el interior de cada huevo, pero lo rompen en el quinto o sexto día, para seguir con su metamorfosis en el agua, ya sin protección. Hasta llegar a ser una rana ha de pasar por 46 estadíos diferentes, y multitud de peligros, ya que este animal tiene una larga lista de depredadores.
A grandes rasgos, en la metamorfosis experimentan los siguientes cambios: primero se forman las patas posteriores, después las delanteras, luego la boca, y se reabsorbe la cola. El último paso es la respiración pulmonar, que permitirá al antiguo renacuajo respirar fuera del agua, hecho toda una rana. Este proceso puede paralizarse si, siendo aún una larva, septiembre y el frío se echan encima. Entonces el embrión hiberna hasta la primavera siguiente, aunque esto puede resultar difícil debido a la preocupante destrucción de su entorno.
Su hábitat son las charcas, lagunas, albercas y orillas de los ríos. La degradación constante en España de estos entornos ha propiciado que la población de este animal halla caído en los últimos tiempos, pero los años de lluvias consiguen restablecer en parte el número de ranas en nuestros humedales.
La piel de los anfibios es muy vulnerable a las substancias tóxicas disueltas en el agua, como metales pesados (cobre, plomo y mercurio principalmente) y detergentes. Al igual que las mariposas o los líquenes, son unos perfectos bioindicadores de la salud del medio ambiente. Por suerte, en Luzaga encontramos bastantes ejemplares de estos seres, pero ello no debe relajarnos en el cuidado de nuestro entorno.