EL MURCIÉLAGO
El murciélago pertenece al orden de los quirópteros (orden creado por Geoffrey de Saint-Hilare), un grupo de mamíferos con casi mil especies distintas repartidas por todo el mundo, salvo los polos y alguna isla oceánica. Son los únicos mamíferos capaces de volar (excluido, claro, el hombre y sus avioncitos), causa fundamental de su proliferación junto con no entrar en competencia con las aves, al realizar sus salidas en busca de alimentación cuando la mayoría de ellas regresan a sus nidos; posiblemente sean estos hábitos nocturnos los que le hayan creado una mala fama que en nada corresponde a la realidad, salvo si esa realidad es que uno es un insecto. De hecho, los humanos nos hemos librado de algunas plagas, ecológicamente, gracias a estos amigos de la noche.
Su sistema de orientación se basa en la ecolocación, el principio que rige nuestros sonares, guías de submarinos; el funcionamiento es sencillo: se emite un ultrasonido y se recoge su eco o reflejo, adivinando así la posición de objetos y presas. La única diferencia es que los murciélagos lo usan desde hace solo unos cuantos de miles de años. Bastantes.
Basándonos en el tema histórico, diremos que ya en la Biblia el propio Moisés prohibió a su pueblo que los tocara, por impuros, mientras que los babilonios los cazaban para comérselos. El griego Aristóteles los calificaba como pájaros con alas de piel, y le extrañaba que no tuvieran cola. La mitología romana les atribuye un curioso origen: Mercurio se sintió despechado por las hijas de Minyas, que rehusaron ir a una fiesta organizada por Baco, y en un momento de rabia las convirtió en murciélagos. La ciencia, en honor a ellas, bautizó con sus nombres, Leucippe, Arsippe y Alcythoe, a varias especies de quirópteros, siendo Linneo el que los incluyó entre los mamíferos, apartándolos definitivamente del mundo de las aves.
El que descubrió que su vuelo no estaba guiado por la vista fue Spallanzani, el abad de la Universidad de Padua, al que no se le ocurrió otra cosa para averiguarlo que extirparle los ojos. La manera de comprobarlo es efectiva, desde luego, pero seguro que al murciélago tampoco le hizo mucha gracia, aunque desde luego su mutilación no le impidió cruzar una barrera de hilos, sin tocar ninguno, que el abad le había colocado como trampa para verificar que, efectivamente, sus itinerarios los trazaba otro sentido.
Después de este simpático clérigo, en el camino de estos noctámbulos alados se cruzó el suizo Jurine, que además de sacarle los ojos a uno, le tapó los conductos auditivos, para comprobar que el oído si que influía en su vuelo. Lo comprobó al ver que el murciélago, ciego y sordo, chocaba en todos los sitios y caía al suelo. Spallanzani, entusiasmado con estos descubrimientos, ciega a gran número de murciélagos, los suelta y pasados unos días los captura para luego abrirles el estómago, a estos y a un grupo que no había cegado, y comprobar que ambos grupos contenían cantidades aproximadamente iguales de insectos, lo que hacía concluir que para volar y cazar los murciélagos se valían de su oído, aunque no se sabía exactamente como.
En 1900 Lorengin descubrió el radar acústico y en 1920 Hartridge lanzó una hipótesis según la cual este era el sistema que los quirópteros usaban en sus desplazamientos. Conocido el sistema de vuelo y caza, y el sistema receptor de los ultrasonidos, faltaba conocer el aparato emisor de éstos. Griffin, en 1938, descubrió, con aparatos receptores especiales, que los murciélagos emitían ultrasonidos y, en 1941, comprobó con qué lo hacían al emular a sus graciosos predecesores y taparle la boca y la nariz a un murciélago que, lógicamente, se estampó contra el suelo.
En resumen, estos animales se orientan por medio del eco de los sonidos que ellos mismos emiten previamente, gracias a una laringe de fuerte musculatura y unas cuerdas vocales muy desarrolladas. En general, emiten cuatro tipos distintos de sonidos: ultrasonidos, cuyas ondas no sobrepasan dos o tres metros, grito de atención y alarma, audible por los humanos, ronquido de alerta y un, prácticamente inaudible, cric del que no se conoce la utilidad.
En España viven tres familias de murciélagos: Rinófilos, que, como su propio nombre indica, emiten los sonidos por la nariz, Vespertiliónidos y Molósidos; estos últimos utilizan la boca para su emisión.
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