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LA MANTIS RELIGIOSA Este es uno de los insectos habituales en nuestro
pueblo y, a pesar de su mala fama, es uno de los que más nos
ayudan. Bien es cierto que la mantis es un animal de ferocidad temible
y apetito insaciable, pero para el hombre su labor resulta beneficiosa
puesto que, estas mismas cualidades, contribuyen a mantener a raya
las tasas de población de muchas especies de insectos que de
otra forma se convertirían en plaga. A finales de agosto la mantis deja acercarse a los
machos, de tamaño y color más discretos que ella, en
número ilimitado (pero de uno en uno, claro), para dos cosas:
para que fecunden sus huevos, proceso que puede llegar a durar hasta
6 horas, y para comérselos tras dicha fecundación, cosa
que realiza de la misma manera que con cualquier otra pieza. Se han
visto mantis que, sin esperar al final de la cópula, ya habían
decapitado al macho, cuya otra mitad del cuerpo seguía cumpliendo
fielmente con su cometido. Cuando llega el momento de poner los huevos,
nuestra amiga busca alguna piedra, madera o tallo que se encuentre
en lugar soleado y construye en el su ooteca, es decir, su nido, que
suele ser de cuatro centímetros de largo por dos de ancho. Utiliza
para ello una sustancia, similar a la seda, que forma una masa espumosa,
y que es un excelente aislante, gracias a la cual los huevos están
protegidos de las temperaturas extremas o cambiantes. Ese aspecto espumoso
se debe a que la sustancia secretada se mezcla inmediatamente con el
aire, formando pequeñas burbujas, que contribuyen en ese efecto
aislante. En la cara superior se distinguen tres zonas longitudinales
bien diferenciadas. La de en medio, más estrecha que las otras,
se compone de laminillas dispuestas a pares, colocadas como las tejas
de un tejado. Los bordes de estas láminas están libres
y dejan dos series paralelas de fisuras, por donde salen las crías
de las mantis. El nido, complejo en su estructura, pero realizado por
la mantis de forma automática y de espaldas, es olvidado tras
la puesta y las crías deberán buscarse la vida por si
mismas, sin la ayuda de la madre ni, por supuesto, la del difunto padre.
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