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LA MANTIS RELIGIOSA

Este es uno de los insectos habituales en nuestro pueblo y, a pesar de su mala fama, es uno de los que más nos ayudan. Bien es cierto que la mantis es un animal de ferocidad temible y apetito insaciable, pero para el hombre su labor resulta beneficiosa puesto que, estas mismas cualidades, contribuyen a mantener a raya las tasas de población de muchas especies de insectos que de otra forma se convertirían en plaga.
Su nombre procede del griego “mantis”, adivino, y pertenece al género de los ortópteros, de la familia de los mántidos. La mantis, que suele medir entre 4 y 8 centímetros, destaca morfológicamente por dos aspectos que llaman especialmente la atención: uno, que es el único insecto que dirige la mirada gracias a que su cabeza es flexible y puede girar sobre su eje, a izquierda y derecha, e inclinarse o levantarse a voluntad; la otra, sus patas anteriores, dos armas letales de las que se vale para matar a sus presas, y que merecen ser explicadas mas detenidamente.
Dividiremos estas patas en tres zonas, para describirlas con más detalle. Las ancas, que se articulan en el cuerpo, sirven para proyectar con fuerza y rapidez al resto de la pata hacia la presa. Los muslos, más largos, poseen en sus caras inferiores dos filas de espinas, duras y afiladas.É stas tienen distintas longitudes, lo que aumenta los puntos de enganche y por tanto la efectividad del arma. Entre ambas filas o sierras encaja perfectamente la pata al replegarse, formando así una mordaza infalible. Además, esta última sección de la extremidad posee también dos filas de numerosos y pequeños dientes, y termina en un robusto garfio, con el que engancha primero, y taladra y desgarra después, a sus víctimas. Cuando la mantis descansa, todo este aparato de guerra permanece replegado contra el pecho, como si estuviera rezando; de ahí su calificativo. Sin embargo, al localizar una víctima (que puede ser cualquier criatura viva, incluso de su misma especie, aunque no tenga posibilidades de derrotarla) su actitud cambia radicalmente, aunque puede ser más o menos, incluso nada, intimidatoria, en función de la magnitud de su enemigo. Abre sus élitros (son una alas anteriores rígidas que le sirven de cubierta) y los pone de lado, oblicuamente, extiende las alas completamente y las levanta, a modo de velas, dobla hacia arriba la punta del abdomen y sube y baja entre las alas con violentas sacudidas, produciendo en el roce un soplo parecido al bufido de las culebras, que aterroriza a la presa y facilita su captura. Plantado, casi de pie, sobre sus cuatro patas posteriores estira las delanteras hacia delante en cruz. Así permanece, inmóvil, hasta que lanza su ataque: proyecta los arpones y los clava en la presa, la arrastra hacia si, cerrando las sierras sobre la víctima e inmovilizándola. La mantis, pausadamente, repliega las alas, recupera la postura normal, voltea al incauto y comienza a roerle la nuca. Mientras una de las patas sujeta la pieza, la otra le baja la cabeza para facilitar la tarea, que realiza con insistencia hasta lograr la muerte de la presa, a la que es capaz de devorar, entera, aunque sea mucho mayor que ella misma.

A finales de agosto la mantis deja acercarse a los machos, de tamaño y color más discretos que ella, en número ilimitado (pero de uno en uno, claro), para dos cosas: para que fecunden sus huevos, proceso que puede llegar a durar hasta 6 horas, y para comérselos tras dicha fecundación, cosa que realiza de la misma manera que con cualquier otra pieza. Se han visto mantis que, sin esperar al final de la cópula, ya habían decapitado al macho, cuya otra mitad del cuerpo seguía cumpliendo fielmente con su cometido. Cuando llega el momento de poner los huevos, nuestra amiga busca alguna piedra, madera o tallo que se encuentre en lugar soleado y construye en el su ooteca, es decir, su nido, que suele ser de cuatro centímetros de largo por dos de ancho. Utiliza para ello una sustancia, similar a la seda, que forma una masa espumosa, y que es un excelente aislante, gracias a la cual los huevos están protegidos de las temperaturas extremas o cambiantes. Ese aspecto espumoso se debe a que la sustancia secretada se mezcla inmediatamente con el aire, formando pequeñas burbujas, que contribuyen en ese efecto aislante. En la cara superior se distinguen tres zonas longitudinales bien diferenciadas. La de en medio, más estrecha que las otras, se compone de laminillas dispuestas a pares, colocadas como las tejas de un tejado. Los bordes de estas láminas están libres y dejan dos series paralelas de fisuras, por donde salen las crías de las mantis. El nido, complejo en su estructura, pero realizado por la mantis de forma automática y de espaldas, es olvidado tras la puesta y las crías deberán buscarse la vida por si mismas, sin la ayuda de la madre ni, por supuesto, la del difunto padre.