EL BUITRE
Acostumbrados a verle volar sobre nuestras tierras,
es hora de aprender ciertos hábitos de este ave que, a pesar
de su mala fama, lleva muchos siglos realizando una tarea beneficiosa
para el hombre y el resto de la Naturaleza. El hecho de anidar en solitario
no es óbice para ser un animal bastante social con sus congéneres,
a los que, con vuelos concéntricos, avisa para compartir la
comida, interrumpiendo sus habituales planeamientos. Es un planeo tranquilo
el que ejecuta, valiéndose de su envergadura, superior a los
dos metros y medio. Su técnica de vuelo es similar a la del
robusto águila real, pero logra alcanzar unas alturas mayores
que éste. Aprovechando el impulso inicial, sube a una distancia
del suelo en la que es imperceptible para el ojo humano, aunque su
vista si logra observar sin dificultad la carroña que le sirve
de alimento. Cuando encuentra dicho alimento, avisa a sus compañeros
y desciende rápidamente al lugar del banquete. Este vuelo se
repite en distinta versión durante el celo, cuando el macho
y la hembra se unen.
En general, sus plumas son pardas, rígidas y abiertas, aptas para
el vuelo que realizan. Las patas y las uñas son débiles,
en comparación con las de otras rapaces, por lo que para desgarrar
la comida de los cadáveres, se ven
obligados a usar el pico, que es fuerte, con forma ganchuda, curvado
hacia abajo, liso y sin muescas. Puede, sin embargo, emplear las garras
para cazar algún roedor. Cabeza y cuello están desposeídos
de plumaje y solo se ven cubiertos de pelo. Cuando vuelan encojen el
cuello y lo estiran al lanzarse en picado. En la Península existen
dos tipos de buitres, el negro y el común o leonado, que es el
que acostumbra visitar nuestro pueblo.
El leonado (gyps fulvis) reside en España de modo sedentario o
solo en invierno. Suele habitar zonas semidesérticas y estepas
donde hay alguna pared rocosa y dispone de una amplia zona que vigilar
y sobre la que planear. Tiene una llamativa forma de atacar la comida:
Tras lanzarse en vertical cuando la divisa, duda un poco y se amilana
ante sus compañeros, hasta que por fin agujerea el cadáver
y extrae sus vísceras. No será, necesariamente, el más
fuerte el primero en ir a comer, pero sí el más hambriento.
Comen en riguroso orden jerárquico, aunque son frecuentes las
pelas y las intimidaciones, con las alas desplegadas y las patas hacia
delante. Su estómago está preparado para digerir casi cualquier
cosa. A menudo su comida se halla en avanzado estado de descomposición,
pero esto no le afecta en absoluto. La época de unión entre
macho y hembra es el invierno, y provoca la puesta de un solo huevo,
del que, tras casi dos meses, aparece un polluelo que permanece en el
nido hasta bien entrado el verano. El negro (aegypius monachus) está en
vías de extinción en Europa, a pesar de ser el carroñero
más grande que habita en el continente, con casi tres metros de
envergadura. Es sedentario y vive en zonas de encinares y montañas.
En España lo encontramos en Extremadura, Andalucía y Castilla
y León, además de en Ciudad Real, en Cabañeros.
De color más oscuro que su “primo”, su multiplicación
se ve dificultada por su forma de procreación, que se produce
cada dos años, con un único huevo. Por fortuna, es prácticamente
imposible que los padres abandonen al polluelo ante cualquier peligro.
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